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Himno JMJ 2013 en Español - Blog católico de oraciones y reflexiones pastorales sobre la liturgia dominical. Para compartir y difundir el material brindado. Cremos que Dios regala Amo...Hace 1 día
martes, 18 de junio de 2013
domingo, 16 de junio de 2013
Jesús mujeriego (Discípulos de este Siglo – Editorial Claretiana) / Décimoprimer Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 7, 36 – 8, 3 / 16.06.13
Este domingo ofrezco parte de un capítulo del libro Discípulos de este Siglo que editamos con Editorial Claretiana de Argentina el año pasado. Justamente, en un libro que trata sobre el aspecto evangelizador de las parábolas de Jesús, parecía inevitable abordar esta parábola de los dos deudores que tiene un contexto particular: un fariseo, una comida y una mujer pecadora pública. Demasiados condimentos en pocos versículos.
El texto de Lucas asume que en su época la mujer también es vista como mala por naturaleza. Que el autor las agrupe como aquellas que habían sido curadas de espíritus malignos, es la referencia a la concepción antigua de que la mujer es la endemoniada desde el principio de los tiempos. El paradigma es Eva, la seducida por la serpiente (cf. Gn 3, 1-5) y la que hace caer a Adán (cf. Gn 3, 6). Frente a esta degradación a priori de la mujer, Jesús es quien expulsa los demonios, quien libera a la mujer de su situación indigna. Por eso entre sus discípulos, a la par de los Doce (varones) está el grupo femenino. Entre ellas, las más relevantes para el resumen lucano son María Magdalena, Juana y Susana. La primera tenía siete demonios, que en clave simbólico-numérica son todos los demonios, porque el siete representa la totalidad. La que estaba plenamente perdida, ahora es discípula plena. Ya no está poseída por otra cosa que el amor y el seguimiento. La segunda, Juana, se dice que era la mujer de un administrador de Herodes. De más está decir la situación conflictiva que representa considerando la enemistad entre Herodes y Jesús (cf. Lc 13, 31-32). La última, Susana, no tiene especificidad, pero parece encontrarse en el grupo de mujeres que sirven con sus bienes, habiendo entendido que el Reino de Dios es vender lo que se tiene y repartirlo entre los pobres (cf. Lc 18, 22). Son mujeres dignificadas y transformadas en su encuentro con Jesús; un varón que las trata de manera diferente.
La asimetría varón/mujer es bien manifiesta en lo sucedido en casa de Simón el fariseo. Según Lucas, Jesús come en tres oportunidades con los fariseos: la que leemos hoy, la de Lc 11, 37ss (cuando, en medio del banquete, el Maestro lanza los ayes contra fariseos y legistas) y la de Lc 14, 1ss, en casa de un jefe fariseo. Cada comida es la oportunidad literaria y argumentativa para que Jesús exponga una crítica a la teología farisea que es desarrollo, a la vez, de la teología del Reino. En casa de Simón el problema es el perdón. Según los fariseos, la manera correcta de relacionarse con Dios es la realización de las buenas obras que el mismo Dios retribuye. Quien se comporta bien, recibe una paga acorde. Quien se comporta mal es castigado. Según Jesús, la manera correcta de relacionarse con Dios no la estipulan los seres humanos (no se hacen buenas obras para obtener algo de Dios); es el Padre quien da la iniciativa y se relaciona primero comunicando su amor. El ser humano no hace más que responder al amor divino con un comportamiento bueno que brota del amor recibido. El quehacer correcto no es lo primero para obtener amor; es el amor el que genera acciones en consecuencia. Las llamadas buenas obras son, entonces, resultado de que fuimos amados primero (cf. 1Jn 4, 19).
Por eso la parábola del acreedor con dos deudores cobra sentido en la teología jesuánica, pero resulta absurda para el pensamiento fariseo. ¿Es posible perdonar una deuda? ¿No debería reponerse con algo esa faltante? ¿Se ama de acuerdo al amor recibido? Simón se ve interpelado, más allá de la escena ocurrida en su casa, en toda su cosmología. En el universo de Simón (el universo fariseo) el perdón no funciona así, no es gratuito, sino la consecuencia de algo que lo equivale comercialmente. Se debe hacer algo para obtener perdón, hacer algo para obtener amor, hacer algo para obtener salvación. En el extremo opuesto, Jesús asegura que Dios hace las cosas y que el ser humano debe estar dispuesto a abrirse a lo ya hecho con la intención de dejarse convertir.
Simón, portador de la ciencia farisea, no ha entendido a Jesús. La pecadora pública, representante del estamento marginado, sí. Ella viene a desequilibrar la asimetría. Su irrupción en la casa del varón fariseo quiebra un status quo, redefine el escenario. Es una mujer sin lugar en un mundo machista que encuentra sitio junto a Jesús, como muchas otras discípulas que, acompañándolo por el camino, se habían sumado a la utopía de un Reino de iguales.
El escandaloso y soltero Jesús camina por los polvorientos senderos de Palestina acompañado de mujeres. Se lo ha visto perdonando a prostitutas un par de veces. Se aloja en casa de Marta y María. Su prontuario es sospechoso en materia sexual. Parece aseverar que tanto varones como mujeres tienen los mismos derechos. Pero aún más. Parece predicar que Dios perdona gratuitamente y que ama a pesar de todo. Es un personaje difícil de aceptar. Algunos fariseos lo invitan a comer a su casa. Por curiosidad o para hallarlo in fraganti. Él va. No se niega a las invitaciones que comparten la mesa. Y amplía la mesa sin pedir permiso al dueño del hogar. Si entra una pecadora pública, la recibe.
Jesús puede ser tildado de feminista, de izquierdista o de loco. Puede ser un palo en la rueda para los machistas, los conservadores, los derechistas y los de pensamiento fariseo. Sin embargo, su Reino es lo más lógico. Lamentablemente, la misión cristiana ha recibido, en la mayor cantidad de oportunidades, apodos sacados de la segunda lista, y casi nunca de la primera. ¿Nuestra Buena Noticia está catalogada universalmente como conservadora, derechista, ultra-ortodoxa? No estamos discutiendo la veracidad de esos rótulos, pero es un indicador interesante de la meta hacia donde caminamos. Jesús, fiel al Padre, fue mirado de mala manera por su relación con los marginados. ¿Cómo son mirados los misioneros? ¿Cómo somos mirados cuando evangelizamos?
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Etiquetas: el domingo, palabra para la mision, recomendados
sábado, 15 de junio de 2013
LO QUE A DIOS LE PLACE
Cuando entré en tu casa
tú no me ofreciste agua para los pies;
ella, en cambio, me los ha regado
con sus lágrimas
y me los ha secado con su pelo largo.
Tú no me besaste;
ella, en cambio, desde que entró
no ha dejado de besarme.
Tú no me echaste ungüento en la cabeza;
ella, en cambio, ha ungido hasta mis pies
con perfume caro.
Y si pasamos a otras cosas...
Tú me invitaste
y me has dejado plantado;
ella se invitó
y me ha acompañado.
Tú has estado mirando de reojo;
ella, con ternura y amor desbordado
a través de sus húmedos ojos llorosos.
Tú, en tu fuero interno, has murmurado
de ella y de mí sin reparo;
ella me ha amado como sabe
y me place ser amado.
Tú has sido bien tacaño
y hasta taimado;
ella, agradecida
con sus gestos humanos.
Tú te has escandalizado;
ella ha recuperado su dignidad perdida
y se ha salvado...
El banquete ha terminado.
No te sorprendas.
Dios quiere personas nuevas.
Florentino Ulibarri
XI Domingo del T.O. - Ciclo C ( Lucas 7, 36-8, 3)
tú no me ofreciste agua para los pies;
ella, en cambio, me los ha regado
con sus lágrimas
y me los ha secado con su pelo largo.
Tú no me besaste;
ella, en cambio, desde que entró
no ha dejado de besarme.
Tú no me echaste ungüento en la cabeza;
ella, en cambio, ha ungido hasta mis pies
con perfume caro.
Y si pasamos a otras cosas...
Tú me invitaste
y me has dejado plantado;
ella se invitó
y me ha acompañado.
Tú has estado mirando de reojo;
ella, con ternura y amor desbordado
a través de sus húmedos ojos llorosos.
Tú, en tu fuero interno, has murmurado
de ella y de mí sin reparo;
ella me ha amado como sabe
y me place ser amado.
Tú has sido bien tacaño
y hasta taimado;
ella, agradecida
con sus gestos humanos.
Tú te has escandalizado;
ella ha recuperado su dignidad perdida
y se ha salvado...
El banquete ha terminado.
No te sorprendas.
Dios quiere personas nuevas.
Florentino Ulibarri
XI Domingo del T.O. - Ciclo C ( Lucas 7, 36-8, 3)
Evangelio Misionero del Día: 16 de Junio de 2013 - XI Domingo del T.O. - Ciclo C
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 7, 36-8, 3
Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de Él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!»
Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». «Di, Maestro», respondió él.
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?»
Simón contestó: «Pienso que aquél a quien perdonó más».
Jesús le dijo: «Has juzgado bien». Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados. Por eso demuestra mucho amor. Pero aquél a quien se le perdona poco, demuestra poco amor».
Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados».
Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?» Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido sanadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.
Compartiendo la Palabra
DEFENSOR DE LAS PROSTITUTAS
Jesús se encuentra en casa de Simón, un fariseo que lo ha invitado a comer. Inesperadamente, una mujer interrumpe el banquete. Los invitados la reconocen enseguida. Es una prostituta de la aldea. Su presencia crea malestar y expectación. ¿Cómo reaccionará Jesús? ¿La expulsará para que no contamine a los invitados?
La mujer no dice nada. Está acostumbrada a ser despreciada, sobre todo, en los ambientes fariseos. Directamente se dirige hacia Jesús, se echa a sus pies y rompe a llorar. No sabe cómo agradecerle su acogida: cubre sus pies de besos, los unge con un perfume que trae consigo y se los seca con su cabellera.
La reacción del fariseo no se hace esperar. No puede disimular su desprecio: "Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer y lo que es: una pecadora". El no es tan ingenuo como Jesús. Sabe muy bien que esta mujer es una prostituta, indigna de tocar a Jesús. Habría que apartarla de él.
Pero Jesús no la expulsa ni la rechaza. Al contrario, la acoge con respeto y ternura. Descubre en sus gestos un amor limpio y una fe agradecida. Delante de todos, habla con ella para defender su dignidad y revelarle cómo la ama Dios: "Tus pecados están perdonados". Luego, mientras los invitados se escandalizan, la reafirma en su fe y le desea una vida nueva: "Tu fe te ha salvado. Vete en paz". Dios estará siempre con ella.
Hace unos meses, me llamaron a tomar parte en un Encuentro Pastoral muy particular. Estaba entre nosotros un grupo de prostitutas. Pude hablar despacio con ellas. Nunca las podré olvidar. A lo largo de tres días pudimos escuchar su impotencia, sus miedos, su soledad... Por vez primera comprendí por qué Jesús las quería tanto. Entendí también sus palabras a los dirigentes religiosos: "Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de los cielos".
Estas mujeres engañadas y esclavizadas, sometidas a toda clase de abusos, aterrorizadas para mantenerlas aisladas, muchas sin apenas protección ni seguridad alguna, son las víctimas invisibles de un mundo cruel e inhumano, silenciado en buena parte por la sociedad y olvidado prácticamente por la Iglesia.
Los seguidores de Jesús no podemos vivir de espaldas al sufrimiento de estas mujeres. Nuestras Iglesias diocesanas no pueden abandonarlas a su triste destino. Hemos de levantar la voz para despertar la conciencia de la sociedad. Hemos de apoyar mucho más a quienes luchan por sus derechos y su dignidad. Jesús que las amó tanto sería también hoy el primero en defenderlas.
Contribuye a defender a las mujeres más indefensas. Pásalo.
Publicado por CAMINO MISIONERO en 12:02 0 comentarios
Etiquetas: el domingo, evangelio misionero del día, recomendados
viernes, 14 de junio de 2013
domingo, 9 de junio de 2013
ANESTESIA
X Domingo del T.O. (Lc 7, 11-17) - Ciclo C
Es increíble la necesidad que parece tener nuestra sociedad de exhibir trágicamente el sufrimiento humano en las primeras páginas de los periódicos y las pantallas de la televisión.
La fotografía de una mujer llorando a su marido enterrado en una mina, la imagen de un niño agonizando de hambre en cualquier país del Tercer Mundo o la de unos palestinos acribillados a balazos en su propio campo de refugio, se cotizan en muchos miles de dólares.
Todos los días leemos las noticias más crueles y contemplamos imágenes de destrucciones en masa, asesinatos, catástrofes, muertes de víctimas inocentes, mientras seguimos despreocupadamente nuestra vida.
Se diría que hasta nos dan una «cierta seguridad», pues nos parece que esas cosas siempre pasan a otros. Todavía no ha llegado nuestra hora. Nosotros podemos seguir disfrutando de nuestro fin de semana y haciendo planes para las vacaciones del verano.
Cuando la tragedia es más cercana y el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, nos inquietamos más, no nos sentimos cómodos, no sabemos como eludir la situación para poder encontrar de nuevo la tranquilidad perdida.
Porque, con frecuencia, es eso lo que buscamos. Recuperar nuestra pequeña tranquilidad. A ratos, deseamos que desaparezcan el hambre y la miseria en el mundo. Pero simplemente para que no nos molesten demasiado. Deseamos que nadie sufra junto a nosotros, sencillamente porque no queremos ver amenazada nuestra pequeña felicidad diaria.
De mil maneras, nos esforzamos por eludir el sufrimiento, anestesiar nuestro corazón ante el dolor ajeno y permanecer distantes de todo lo que puede turbar nuestra paz.
La actitud de Jesús nos desenmascara y nos descubre que nuestro nivel de humanidad es terriblemente bajo.
Jesús es alguien que vive con gozo profundo la vida de cada día. Pero su alegría no es fruto de una cuidada evasión del sufrimiento propio o ajeno. Tiene su raíz en la experiencia gozosa de Dios como Padre acogedor y salvador de todos los hombres.
Por eso, su alegría no es una anestesia que le impide ser sensible al dolor que le rodea.
Cuando Jesús ve a una madre llorando la muerte de su hijo único, no se escabulle calladamente. Reacciona acercándose a su dolor como hermano, amigo, sembrador de paz y de vida.
En Jesús vamos descubriendo los creyentes que sólo quien tiene capacidad de gozar profundamente del amor del Padre a los pequeños, tiene capacidad de sufrir con ellos y aliviar su dolor.
Quien sigue las huellas de Jesús siempre será una persona feliz a quien le falta todavía la felicidad de los demás.
Pedro, Pablo y la posibilidad de hacer Iglesia / Décimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Gal 1, 11-19 / 08.06.13
La segunda lectura de este domingo es de la Carta a los Gálatas. Por los biblistas, esta carta es considerada original de Pablo, o sea, perteneciente a su pensamiento y no a su escuela de discípulos. Esto ya es mucho decir. Se trataría de una carta circular, no enviada a una sola comunidad, sino a las varias pequeñas comunidades cristianas de la región de Galacia. ¿Cuál es el motivo de fondo? Parecen ser dos: la defensa de Pablo mismo y la defensa de un Evangelio no judaizante. En la profundidad, ambos motivos se relacionan: dice Pablo que predica un Evangelio revelado personalmente por Jesucristo, y que ese Evangelio es superior a la Ley judía. En cierto sentido, Pablo afirma que el Evangelio a él revelado es superior a la Iglesia de Jerusalén también, representada por Pedro y Santiago. El problema está, justamente, en que el planteo convierte a Pablo en lo que hoy despreciaríamos desde nuestro parangón clásico eclesial: Pablo es un francotirador, un hombre que se auto-eleva a la situación de apóstol, y que rechaza el reconocimiento oficial eclesial (Jerusalén, Pedro, Santiago).
En este mes de junio, sobre el final (29 de junio), el catolicismo hace la celebración litúrgica de San Pedro y San Pablo, en recuerdo vívido de los que son considerados dos columnas de la Iglesia. La tradición que cada año se remonta a ellos, suele hacer una distinción clara, pero demasiado simplista, titulando a Pedro como el apóstol de los judíos y a Pablo como el apóstol de los gentiles, separando políticamente una tarea evangelizadora que, en la realidad práctica, fue mucho más complicada y con menos límites precisos de lo que nos parece hoy. Una clave para introducirnos a esta situación es, justamente, la Carta a los Gálatas. ¿Qué tendría que hacer la Iglesia de Jerusalén con este apóstol auto-proclamado? ¿Es válido el argumento paulino de haber recibido personalmente una revelación directa de Jesús? ¿Puede haber dos Evangelios: uno más petrino y uno más paulino? Como vemos, los inicios eclesiales sufren los mismos problemas de interpretación teológica que sufrimos ahora. Y peor aún, la Biblia que usamos de referencia para resolver esas disputas, conserva la disputa entre Pablo y Pedro, más específicamente en lo que se denomina el altercado de Antioquía: “Mas, cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era censurable. Pues antes que llegaran algunos de parte de Santiago, comía en compañía de los gentiles; pero una vez que aquéllos llegaron, empezó a evitarlos y apartarse de ellos por miedo a los circuncisos” (Gal 2, 11-12).
Para hacer un panorama rápido, constatemos lo siguiente: Santiago es la autoridad máxima de la Iglesia de Jerusalén, considerada por mucho tiempo la Iglesia Madre, por estar ubicada geográficamente en el sitio de la muerte de Jesús. La visión de esta comunidad, su teología, es judeo-cristiana, apegada aún al Templo y las legislaciones judías de pureza de las comidas y respeto del sábado, por ejemplo. En paralelo, en Antioquía, existía otra comunidad cristiana pujante, con una teología o visión un tanto distinta de Jerusalén, más heleno-cristiana si se quiere, en clave de ruptura y superación del Templo, la pureza de las comidas y el sábado. La referencia en la cita superior a Cefas (Pedro), que viene a Antioquía, es probablemente porque ha abandonado su actividad comenzada en Jerusalén y, ciertamente, se ha instalado en Antioquía. En la teología judeo-cristiana, sigue siendo signo de impureza compartir la mesa con paganos; en la teología heleno-cristiana, esas leyes de pureza son obsoletas, y todos pueden compartir la misma mesa. Cefas (Pedro) entiende esta mesa compartida e, instalado en Antioquía, come con paganos tranquilamente. El altercado surge cuando Santiago, desde Jerusalén, envía delegados a Antioquía, quienes incomodan a Pedro y, por miedo a ellos, deja de compartir la mesa, rechazando por cobardía esta nueva teología que había asimilado.
Pablo se lo dice claramente: es censurable. Pedro no actúa ni siquiera por convicción, sino por miedo. Los enviados de Santiago lo intimidan, y prefiere simular por un tiempo, comiendo separado de los paganos, antes que hacerse cargo de esta teología que lo ha convencido, pero por la que no está dispuesto a jugarse. Para Pablo, esa actitud de Pedro era una burla, una falta de respeto, y un rechazo del Evangelio, que implica un Reino donde todos son iguales y la mesa es la misma. El problema era mucho más que una costumbre alimenticia; estaba en disputa la Iglesia, la forma de entenderla, la sustancia de la Buena Noticia.
Pablo estaba convencido de su teología, convencido de la universalidad eclesial, y bajo ese convencimiento se enfrentó con Pedro. Pablo no había sido unos de los Doce, no había conocido físicamente al Jesús de Palestina, no lo había escuchado en su prédicas de Galilea o Judea. Pedro sí. Pedro había hablado con Él, lo había confesado Mesías e Hijo de Dios, lo había negado, había visto su tumba vacía e inclusive lo vio resucitado. Pero nada de eso le impidió ser cobarde, tener miedo de los enviados de Santiago. No fue un altercado menor. Fue una discusión sobre la Iglesia, sobre la salvación, sobre el Evangelio. Pablo se tomó la libertad de reprender la actitud con esa libertad que viene de Cristo. Se tomó la libertad de reprender a uno de los Doce porque entendió que la autoridad para decir las cosas es mucho más que una investidura; la autoridad la da el mismo Evangelio del Reino, que siendo proclamado por grandes reyes o por humildes paisanos, mientras sea Evangelio, es Verdad.
Las connotaciones de este hecho-enfrentamiento, de la visión paulina y su auto-justificación son inmensas. Debería esto plantearnos el tema de la libertad para hablar, para cuestionar, para debatir. Deberíamos meditar nuestra libertad en Cristo y nuestra mirada sobre la Iglesia. Hay muchas cuestiones y preguntas para hacernos hoy, muchas vías para actualizar el problema que relata Gálatas con nuestra Iglesia actual. Enumerando exhaustivamente nos quedaremos cortos. Pero valga el intento de soñar con una mesa donde los judíos y los paganos actuales se sientan tranquilos, sin observadores externos, donde Pedro se queda compartiendo la comida sin cobardía, donde no es necesaria la reprimenda de Pablo. Valga el intento de soñar con una Iglesia en comunión, sin miradas teológicas tan opuestas, pero tampoco con miradas teológicas uniformes. Una Iglesia donde Pedro y Pablo tengan igual cabida, donde todos nos sintamos libres de decir y defender el Evangelio, donde no haya censores o vigilantes de Santiago. Una Iglesia donde es posible hacerse preguntas.
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