a) Crear espacios
Ante la falta de espacios cálidos, como mencionamos anteriormente, una de las tareas de la evangelización debiese consistir en crear esos espacios faltantes, bajo características de intimidad, fraternidad, libertad y participación. Los espacios cristianos de intimidad son, usualmente, los de oración, pero no se debe agotar allí la creatividad. Es posible llevar la intimidad a una mesa compartida, a los ámbitos laborales, a los centros culturales. La intimidad no es algo que pertenece en exclusividad al silencio, sino a la profundidad de las relaciones, por eso conviene empeñarse en formar discípulos en relación con los otros, discípulos para entrar en contacto. La relación misma crea un espacio entre dos personas que se fortalece con el compartir. Ser discípulos de Jesucristo para unir lo desunido es difícil, es arriesgarse al desprecio social, a la burla, al perjurio. Sin embargo, para efectuar una verdadera evangelización, no se puede prescindir del mundo y huir de él. Los espacios de intimidad deben ser creados donde las personas pasan el mayor número de horas, porque de otra manera, se corre el riesgo de desencarnar la espiritualidad, y de formar comunidades momentáneas que sólo son tales un día a la semana en un horario determinado. La necesidad de unión es permanente, y por ello las comunidades deben ser permanentes también.En cuanto a la fraternidad, sucede lo mismo. Si reconocemos al hermano sólo en ámbitos eclesiales, no hemos captado verdaderamente el sentido del prójimo. El discípulo vive la fraternidad en todos lados, y la solidaridad trasciende las fronteras de su propio hogar, haciéndose hermano en cualquier circunstancia, en cualquier momento, bajo cualquier condición. Los espacios clásicos de hermanamiento suelen ser dos: los congregacionales y los de acción social. En los primeros, el hermano es el que piensa igual y comparte el mismo carisma; en los segundos, la hermandad busca en los desdichados preocuparse de ellos. Ambas formas tuvieron sus resultados efectivos, pero se necesita más en América Latina, se necesita la solidaridad y la fraternidad que emanan de Cristo y que no dejan vacía una congregación o un acto de acción social. El discípulo fomentará la hermandad cuando haga conciencia de que Jesús ha venido para que seamos hijos (cf. Gal. 4, 5), y que teniendo el mismo Padre, somos dignos todos.
Finalmente, los espacios de participación real son un verdadero querer de los habitantes de Latinoamérica. Tras décadas y décadas de exclusión, sin poder de decisión, sin que su voz sea tenida en cuenta, los latinoamericanos necesitan una Iglesia que los deje hablar, que los escuche, y que los asimile concretamente en su pastoral, con la cultura autóctona, el pensar teológico regional y los modos de celebrar propios. Esa participación real se logrará cuando los latinoamericanos descubran en la Iglesia una libertad que nadie les ofrece, la libertad de hablar, de cuestionar, de presentar, de proyectar, la libertad de los hijos de Dios. Para lograr el espacio de comunión, necesitamos proteger la libertad a toda costa, contra farisaísmos y legalismos, contra corrientes teológicas de conservación, contra el imperialismo religioso y la división de clases intra-eclesial.
b) Vivir la radicalidad de la comunión
El libro de Hechos de los Apóstoles parece mostrarnos un modo de vida ideal para la Iglesia, pero a nuestros oídos suena radical y alocado. No nos parece correcta la comunión de bienes, venderlo todo para poner en común y repartir según las necesidades, pues el capitalismo nos ha educado en lo contrario; no nos parece correcta la fracción del pan en las casas porque hemos vuelto al sistema del templo; no nos convence demasiado la misión porque estamos instalados, somos sedentarios, y la preocupación por la gente que no conoce el Evangelio ha sido anestesiada por la malentendida teología de las religiones, que propone el respeto como silencio de la Verdad.
Vivir la radicalidad de la comunión es proponer, hoy, a la Iglesia actual, a los discípulos de esta época, una locura. Es romper los esquemas y quebrar las estructuras. La radicalidad, característica de Jesús, la hemos suplantado por un sistema que, repetimos, se parece al Templo de Jerusalén, como institución rígida que administra la salvación, que dirige el culto mecánicamente y que decide qué es lo correcto e incorrecto, pero que de comunión no tiene nada. La tentación de la Iglesia es y será convertir la fraternidad en una pirámide jerárquica, interpretando la diversidad de carismas como excusa para poner a unos sobre otros. América Latina, con total seguridad, basada en su historia, no puede ver en una jerarquía su futuro ni esperanza; América Latina necesita discípulos radicales que se animen a ver al hermano de igual a igual, rompiendo los sistemas escalonados que elevan a pocos sobre muchos. Una Iglesia de radicalidad, no de fundamentalismo, hará la diferencia.
c) Crecer en la conciencia de Pueblo y de los pueblos
En la multiplicación de los panes según Marcos, las referencias a la gente se van organizando de manera progresiva, desde la muchedumbre hasta los grupos en la figura de hileras, como plantaciones. La pedagogía del Dios que llama a vivir en comunidad, es pasar del desconocimiento y la extrañeza a conformar el Pueblo, multitud organizada hacia un mismo fin, con un caminar compartido, con las mismas esperanzas y tristezas. Ser como una plantación, como las hileras de un sembradío, es vivir las mismas inclemencias climáticas que nos hacen crecer o que nos golpean, el mismo sol que nos quema o nos permite la fotosíntesis, las mismas lluvias que nos inundan o nos dan su vitalidad, las mismas épocas de sequía y de cosecha. Ser un Pueblo es compartir la historia y compartirla concientemente. La muchedumbre desorganizada comparte cosas, pero no reconoce ese compartir como riqueza o como don, ni siquiera lo reconoce dándose cuenta que existe. La muchedumbre vive de manera egoísta, acercándose a los demás cuando hay alguna utilidad en ello.
El discípulo, formador de comunidades, miembro activo del Pueblo de Dios, además de crecer en su conciencia personal de pertenencia a la comunión, debe expandir esa conciencia a todos los hombres y mujeres, y en un segundo plano, ayudar a recuperar la conciencia de pueblo cultural. Muchos pueblos originarios latinoamericanos fueron, sistemáticamente, diezmados; es tarea del discípulo, al hacer la opción preferencial por los excluidos, colaborar en la tarea liberadora de ellos para reafirmar su cultura, sus tradiciones, sus valores. No se evangeliza destruyendo el patrimonio de las naciones, sino inculturando la Buena Noticia. Los pueblos originarios no necesitan una Iglesia que considere su pasado como un gran error de la naturaleza; necesitan una Iglesia que descubra las semillas del Verbo allí presentes.
Ser discípulo no es un hecho individual y aislado. Dios nos ha llamado para formar comunidad, para descubrirnos hermanos, para hacer la comunión eclesial que sea reflejo de la comunión trinitaria. Crecer en la conciencia de Pueblo y participar en la conciencia de los pueblos es un servicio a América Latina, para contribuir en su proceso de formación desde una perspectiva liberadora y fraterna, haciendo del Reino de Dios un proyecto verdadero que no está en las nubes, sino aquí, en la tierra, con los hombres y mujeres.












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